Los Tiempos Negros
Por Amado Izaguirre
Cuando empezaron los tiempos de las desinterías no hubo casas en los entornas que quedaran ajenas a las impotencias, todos sus moradores se preocupaban y organizaban quemasones de escobilla para purificar los espacios, mas a la desintería se agregó el neucastle de las gallinas y perecieron todas con las colas al sol, los vientos agresivos de las tardes les desplumaron las colas y quedaron insepultas esperando que las hormigas se las comieran desde el pico, mas si las casualidades no figuraran como anunciación el extinguimiento de las despachadoras podría haber pasado inadvertido.
Las despachadoras traían consigo tal dignidad, la traían desde el vientre de sus madres igual que las tlamatinas y sulemas; las despachadoras sabían los momentos finales de los agónicos y preparar los caminos secretos de la muerte; así frente a los expirantes las despachadoras modulaban la voz y exclamaban con benevolencia ioh cuerpo mortal que te aferras a la vida, quedate en paz y abandona los pensamientos ligados a estas tierras de dolor!; ioh cuerpo material muere ya por la sangre de los mártires, no te aferres a las tentaciones y sigue tu camino final; y las despachadoras subían el tono de voz derramando torrentes de jeculatorias con intervalos de aguas sagradas sabían el tiempo de prender los cirios y avivar con mas fuerza la partida final, mientras los expirantes se .llenaban de angustía y sudoraciones constantes; en ocasiones algunos parientes pensativos sugerían a las despachadoras mandar recados con los agonizantes al mundo de los muertos y así susurraban en los oidos de los agónicos “dice tu hermana Andrea que si ves por allá a Leopoldo, le digas que sus hijos no dejan de emborracharse, que venga en sueños y les reprenda”, después las despachadoras volteaban por si había otro encargo para el cielo. Y
cuando los agónicos no podían fallecer las despachadoras los medían con una cinta negra, misma que era enviada a la urna del santo entierro guardada por siglos en la vieja parroquía.
En los tiempos de las lamentaciones, la última despachadora murió de fiebre biliar y después de ello se presentó la gran desintería con tal fuerza como nunca en la última centuria del presente, mas aún en esas fechas de consumación hubo quienes persibieron ganancias sazonadas con lágrimas y retorcimientos, estas fueron las niñas paseanas, hijas del gran paseana carpintero que construyó ataúdes para tres generaciones en Abigarreto y que murió de infecciones tremendas por asentarse tremendo martillazo en un lugar prohibido de su cuerpo; sus hijas las paseanas también contribuían en los negocios funebres pues confeccionaban mortajas; elementos que corrigieron y ampliaron con catálogo de tenasidad para poder vestir dignamente los cadáveres; para los infantes había trajes de angeles con diadema de papel metálico y alas de crepe; si eran pudientes sus deudos podían comprar diadema de latón y alas de plumas de pollo, las mujeres púberas eran vestidas con el atuendo de la Purísima en azul y blanco, manto de organza y sandalias de galón, los hombres de huésos tiernos podían usar ropa de San José o aigún atuendo acolital con roquetes deshilados en punta de yerbabuena, las señoritas mayores se les vestía de novias con azares y guantes, varias llevaban libro de horas y rosario de devoción, también les ponían zapatillas de cartón porque la piel animal era impropia en los ataúdes; los adultos portaban habitos mas severos en colores demasiado obscuros, claro que estos atuendos eran para los mas devotos; mas en el caso de los niños, púberes y señoritas, las reglas eran generalizadas como lo era también el manto blanco con cruz morada al que llamaban sudario y estaba destinado para todos los cadáveres desde tiempos lejanos.
Mas si las desinterías ocasionaron demasiados muertos, las paseanas confeccionaron demasiadas mortajas y de su casa sombrosa, salían lentamente los acongojados con sus cargas de cumplimiento.
Y siguió la peste con tal fuerza que las paseanas se negaron a seguir confeccionando ropajes funebres; hubo que azufrar el pueblo y se repartió cal en polvo para regar en los rincones yen los mesabancos del colegio, las letrinas de todos los ambitos quedaron espolvoreadas por tiempos largos y hasta las camas de los recien casados estaban rodeadas de protecciones pestilentes, hubo prohibición de legumbres y se regaron con criolina las porquerizas, con ordenazas de sacrificar a palos, los animales mas resecos, también fueron selladas las bocas de los manantiales pues en un pozo de casa grande apareció una trenza desmembrada, que los veneros arrancaron a un cadáver de los sepultados en el cementerio del
Roble, erejido pueblo arriba desde los tiempos de las revalugias. La terrible desintería se llevó a los niños meliques y a las hijas de Cosme Romani, igual suerte padeció el prestamista Idelfonso Legario y sus dos sobrinos carnales, ambos estudiantes de un real colegio, con tanto niño muerto un fotógrafo demudado tomaba placas a los cadáveres de quien se quería conservar recuerdo; algunas las tomaba en pose, pues sentaba a los niños en sillas arregladas con esmero o en los brazos de su atribulada madre, vestida ya con riguroso luto; ahora, si en la fotografía posaba el matrimonio, ambas personas colocaban la mano en los hombros del infante; algunos retratos mostraban a los niños con los ojos opacos,como
poseídos de un sueño profundo; otros fotografiados entreabrían los labios como queriendo protestar por las decisiones ajenas, tanto que cierta niña muerta, fue sujetada a una estaca de roble clavada junto a la fuente, con vendas le ataron el cráneo para que quedara recta, la maquillaron y le colocaron atuendos de encajes; mas dicen que al relámpago de plata, abrió mas los ojos y quedó como enojada; tal vez por las
impertinencias; mas el fotografo siguió tomando placas, hasta que la desintería le mató para ser sepultado junto con su cámara porque nadie sabía manejarla, lo mismo pasó a las monjas eruditas y a mas decenas de sentenciados, perecieron limosneros y poderosos y extraíiamente nunca los locos que se solasaban en sus desequilibrios.
Las mismas paseanas también cayeron en caos pues dos se infectaron de las dolencias y expiaron juntas para ser veladas sin mortajas; tuvo que pasar algún tiempo para que surgieran nuevas despachadoras, el invierno se llevó la desintería, y en Abigarreto nadie quizo aventurarse a
confeccionar mortajas como las del tendejón olvidado de las paseanas, de cuya memoria nunca se han borrado los detalles.










